Bolivia una revolución no violenta y humanista
Bienvenido a » 2007 » Diciembre

Durante el 2do Foro Humanista Latinoamericano, Evo Morales, quien realizó el discurso de apertura, se declaró humanista. Aquí pueden ver el video.

Postal por Bolivia, Evo

Un amigo humanista italiano de Firenze, Fabio, desarrolló algunas postales para enviar en estas fiestas!

Pueden ingresar a verlas haciendo click aquí

Gracias Fabio!

Ayllu

De la cosmovisión andina deriva la forma de vida homónima, basada en la inviolabilidad del ayllu, el concepto más trascendente de la peculiaridad sociológica andina. El ayllu define las bases de la relación social, la familia, el amor y —a su tiempo— el imperio incaico.

Siendo el aymara pre hispánico sólo un ser humano desprovisto de efectos personales (y nadie los tenía mas allá de lo básico), incapaz de seguir con vida por sí mismo y debiendo a la vez cuidar y acariciar a la Pachamama y trabajar por los intereses de la comunidad, no le queda más que unirse como componente no indispensable pero absolutamente comprometido a un grupo estructurado basado en relaciones familiares, grupo que es unidad pecuniaria (empresa), parcela (tierra asignada para su explotación) y seguridad. El ayllu es LA unidad social andina, pues el hombre solo no es nada y el yanacona sólo puede subsistir como siervo de estructuras marginadas del orden social básico, como la nobleza imperial incaica o el capitalismo perturbador de los conquistadores.

Para facilitar la descripción nos referiremos sólo al concepto de ayllu “menor”, dejando sin describir los cuatro espacios o ayllus “mayores” (dos para cada una de las dos sayas o divisiones primarias) en que se dividía el espacio territorial ocupado por una etnia. Estos últimos eran divisiones “macro” del territorio donde se asentaban los ayllus menores de la etnia, los cuales eran la unidad socioeconómica indivisible, al estilo de un átomo, la estructura básica de un poblado. Priorizaremos las características del ayllu durante el imperio incaico, pues durante ese período estaba más o menos estrictamente reglamentado.
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Evo Morales

Artículo de la Fundación CIDOB

Evo Morales nació en 1959, rigiendo el Gobierno de Hernán Siles Zuazo y el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), en una pequeña y remota comunidad rural del departamento altiplánico de Oruro, Isallavi. La aldea pertenece al cantón de Orinoca de la provincia Sur Carangas, y de acuerdo con la ordenación tradicional del territorio heredada del imperio inca forma parte del ayllú, o unidad comunitaria, de Sullka. La criatura vino al mundo en el seno de una familia de indios aymaras de pura cepa y en medio de unas condiciones materiales de extrema penuria. De los seis hermanos que tuvo, cuatro murieron antes de cumplir los dos años por culpa de las enfermedades que se cebaban con los campesinos y mineros, pobres de solemnidad, de una región maltratada en todos los aspectos. El propio Evo estuvo a punto de perecer en los últimos momentos de su gestación a causa de una hemorragia interna que únicamente una curandera del lugar, con remedios a base de hierbas, entre ellas la hoja de coca, consiguió atajar a su madre. Junto con Evo salieron adelante una hermana mayor, Esther, y un hermano menor, Hugo.

La comunidad de Isallavi no constituía excepción alguna en la característica de carecer de todos los servicios fundamentales, ya fuera la luz, el agua corriente, el alcantarillado o la atención médica. Ni que decir tiene, el teléfono era una rareza de la que sólo se sabía que existía. El lugar no tenía acceso por carretera y los caminos vecinales apenas podían ser transitados por vehículos de ciudad. Los padres, Dionisio Morales Choque y Maria Ayma Mamani, a los que jamás se les habría pasado por la imaginación que uno de sus hijos pudiera llegar a donde iba a llegar (y que no iban a vivir para verlo), subsistían con lo que producían las escasamente fértiles parcelas que cultivaban, la cría de llamas y los trabajos esporádicos como jornaleros agrícolas. Los Morales tenían por toda propiedad una vivienda construida con paja y adobe de 32 metros cuadrados, superficie en la que se apretujaban el dormitorio, la cocina-comedor, un cubículo para almacenar tubérculos y grano de maíz, y una cuadra que daba cobijo a un puñado de cerdos y ovejas.

El niño Evo ayudaba a sus progenitores faenando en el campo y pastoreando y trasquilando llamas, en las duras condiciones -frío y sequedad a partes iguales, y a una altitud, 4.000 metros sobre el nivel del mar, que puede hacer enfermar a una persona no acostumbrada a la baja presión atmosférica- de la puna orureña, pero no por ello renunció a recibir toda la formación escolar que estuviera a su alcance. Mostraba interés por el fútbol, la música y la actualidad informativa, que escuchaba por la radio, ya que a su aldea los periódicos no llegaban y la poca televisión nacional que se emitía era un medio de comunicación aún más inaccesible.

Morales recuerda que cuando tenía cuatro o cinco años, sus padres le llevaron con ellos en un largo viaje hasta la provincia argentina de Jujuy, lindera con el sur de Bolivia, donde Dionisio Morales esperaba encontrar trabajo como zafrero. Allí, mientras los adultos laboraban en los cañaverales partiendo y acarreando las plantas azucareras, el hijo sacaba algunas moneda vendiendo helados. Quiso el matrimonio Morales que su retoño estuviera escolarizado el tiempo que tuvieran que pasar en Argentina, pero el niño apenas se manejaba con el idioma español –en Isallavi, los paisanos se comunicaban preferentemente en aymara, su lengua ancestral- y se quedaba rezagado en el aula, así que dejó de enviarle al colegio local. En 1966 la familia volvió a Isallavi y el chico retomó los cursos de primaria en la localidad de Calavillca.

Posteriormente, teniendo 12 años, Evo acompañó a su padre en un viaje de un mes de duración que les llevó hasta los valles de Cochabamba, unos 150 km al nordeste, para hacer trueque de productos con el rebaño de llamas que llevaban consigo. Las odiseas familiares en busca de alimentos fueron obligadas a principios de los años setenta, y alguna de ellas adquirió tintes dramáticos porque el camino era extenuante y los víveres escasos o nulos. En una ocasión en que el hambre apretaba y no tenían nada que llevarse a la boca, a Morales padre e hijo les llegó un maná providencial en la forma de las peladuras de naranja que los pasajeros de un autobús arrojaron por la ventanilla justo al cruzarse con ellos en la pista por la que caminaban. Hoy, Morales retrotrae a este episodio el origen de uno de sus anhelos infantiles: conseguir viajar en un autobús interurbano y permitirse el lujo de tirar a la carretera las cáscaras de las naranjas que se ha comido en el asiento.

Ya entrado en la adolescencia, Morales se desplazó a Oruro, la capital departamental, para realizar estudios de secundaria en el Colegio Marcos Beltrán Ávila, una casa docente frecuentada por chavales sin recursos. Para poder mantenerse, compaginó las clases con la práctica de los oficios de panadero, obrero en una fábrica de ladrillos, futbolista en un equipo local y trompetista en la banda Real Imperial, que dirigía el folclorista Santiago Tuco. En 1977 terminó el bachillerato y el día de su graduación pudo registrar un dato curioso: fue, da a entender el interesado, el último de su vida en que se puso un traje y una corbata, sólo para posar para la foto. Que después de aquel día, Morales pudiera volver a trajearse y encorbatarse para asistir a ceremonias familiares o a bodas de amigos (de lo que no se tiene constancia) no relativiza el hecho, menos trivial de lo que pueda parecer por lo que supone de acto deliberado con mensaje sociopolítico, de que el futuro presidente de la República siempre despreciara, en palabras atribuidas, ese “símbolo de la clase dominante”.

Una vez licenciado del servicio militar obligatorio en el Regimiento Ingavi IV de Caballería, en La Paz, donde, según parece, sufrió abusos en un ambiente de desprecio y humillación a los reclutas indios procedentes de los rincones más apartados del país, Morales se encontró en la misma situación de miles de jóvenes de su condición racial y social: todas las puertas profesionales estaban cerradas salvo si se trataba de agotar el sudor en los trabajos que mayor esfuerzo físico requerían, como los de la minería, o de cobrar salarios de pura miseria, y eso si se daba con una oferta laboral. Evo regresó a casa con las manos vacías.

Discurría 1980, año en que Bolivia se debatía en un caos de golpes de Estado militares e intentos de retorno al gobierno civil, proceso que había comenzado con el fiasco electoral de 1978, al cabo de la dictadura derechista del general Hugo Banzer, y que no terminaría hasta la proclamación presidencial del viejo dirigente emenerrista Siles Zuazo en 1982, cuando la familia Morales al completo abandonó Oruro y se sumó a la ola de emigrantes del Altiplano que no encontraban futuro en la minería del estaño, en crisis terminal, y que confiaban en emprender una nueva vida en Cochabamba, el departamento más fecundo del país y base de la producción agrícola nacional. Aunque no se dedicaban a la minería, los Morales y muchos de sus vecinos emprendieron el éxodo a levante porque la puna de Oruro, asolada por la sequía y las heladas, se había convertido en tierra yerma.

globalwarming awareness2007